El ovni que vio el profeta Ezequiel (3era parte)

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Pero hay además un detalle para nada menor y que hace sin duda una gran diferencia: si bien la presencia de cristales de hielo en las nubes puede dar lugar a la aparición del halo (o halos) que según Menzel habría visto Ezequiel, es sabido también que no todas la nubes con cristales de hielo producen halos. Y la razón es sólo una: más allá del tamaño y forma de tales cristales de hielo, estos deben tener una orientación definida y en consecuencia una cierta transparencia de la nube, para lo cual es indispensable la ausencia de turbulencia atmosférica.

Leamos ahora de nuevo a Ezequiel, sólo para refrescarnos la memoria:

“Y miré, y he aquí que venía del norte un torbellino de viento, y una gran nube, y una masa de fuego, y un resplandor alrededor de ella; y en su centro, esto es, en medio del fuego, una imagen como de bronce” (Ezequiel 1,4).

Por consiguiente, la pregunta obligada es sencilla: ¿Acaso esa descripción del torbellino de viento que venía del norte, o bien la gran nube fulgente, da la impresión de la necesaria ausencia de turbulencia atmosférica para la formación del parahelio en la que se basa la hipótesis de Donald Menzel?

En realidad lo que tal relato parece evocar es más bien una especie de nave, digamos una cápsula espacial o algo parecido, aproximándose y descendiendo lentamente, envuelta por una turbulenta nube de vapores y polvo… Nada que sea extraño a nuestro entendimiento desde el 20 de julio de 1969, cuando el Hombre llegó a la Luna. (¡El “águila” ha aterrizado!)

Por lo demás, y siendo como ya se ha dicho que las “ruedas” aparecieron en el suelo y no el cielo, no debemos pasar por alto, tampoco, que Ezequiel da cuenta, también, de significativos sonidos, voces, y presencias y contactos físico de y con diversos personajes…

He aquí algunos pasajes elegidos al azar:

“Y oía yo el ruido de las alas como ruido de muchas aguas, como trueno del excelso Dios; así que caminaban, el ruido era semejante al de un gran gentío, o como el ruido de un ejército, y así que paraban, plegaban sus alas.”

—Ez 1, 24 “Y había sobre el firmamento que estaba encima de sus cabezas como un trono de piedra de zafiro, y sobre aquella especie de trono había la figura como de un personaje.”

—Ez 1,26. “Esta visión era una semejanza de la gloria de Dios. Cuando la vi, postréme sobre mi rostro, y oí la voz de uno que me hablaba, y me dijo…” —Ez 2,1 “Y miré, y he aquí una mano extendida hacia mí, la cual tenía un libro arrollado, y lo abrió delante de mí…” —

Ez 2, 9 En resumen: se ha dicho de Ezequiel que fue seguramente el más lógico y razonador de todos los profetas, sin un corazón emotivo como el de Jeremías y alejado de un poeta al estilo de Isaías. Y eso se refleja en la cruda claridad de su obra. Su testimonio ha requerido no sólo la extraordinaria capacidad para sobreponerse a la sorpresa de un encuentro impensado —tan inesperado como inimaginable— sino además un poder descriptivo inusual como para lograr transmitir la “imagen” de algo nunca antes visto por él y para lo cual, por consiguiente, no pudo encontrar mejores palabras en el vocabulario de su época.

En este marco, pensar pues que su atestación del encuentro con un portento tecnológico de otro mundo debería ser, para nosotros ahora, tan inequívoco como el informe de un experimentado ingeniero de la NASA, es un despropósito tan grande como suponer que un hombre cultivado como él no pudiera hablar de una simple rueda sin sonar como un loco de atar… poniendo “una rueda dentro de otra rueda” y agregando que éstas “estaban llenas de ojos por todas partes”…

“Como una rueda que está dentro de otra rueda… llena de ojos por todas partes”

Por el contrario, lo más probable es que precisamente porque Ezequiel conocía a la perfección lo que era una rueda y cómo funcionaba ésta en la práctica, le llamó tanto la atención las grandes diferencias que había visto en las del “carro celestial”.

Y para que no quedaran dudas, él insistió en mencionarlas en varias ocasiones. Desde luego, no abusaremos aquí de citas innecesarias que el lector puede bien consultar en el libro original del profeta; de modo que lo que sigue es sólo a guisa de ejemplo:

Ezequiel 1, 16-19:

• Y las ruedas y la materia de ellas era a la vista como crisólito, y las cuatro eran semejantes, y su forma y estructura eran como de una rueda que está dentro de otra rueda.

• Caminaban constantemente por sus cuatro lados, y no se volvían cuando andaban.

• Asimismo las ruedas tenían tal circunferencia y altura que causaba espanto el verlas; y toda la circunferencia de todas cuatro estaba llena de ojos por todas partes.

• Y caminando los seres vivientes, andaban igualmente también las ruedas junto a ellos; y cuando aquellos seres se levantaban de la tierra, se levantaban también del mismo modo las ruedas con ellos. Ezequiel 10, 9-13:

• Y miré, y vi cuatro ruedas junto a los querubines, una rueda junto a cada querubín, y las ruedas parecían como de piedra de crisólito.

• En cuanto a su apariencia, las cuatro eran de una misma forma, como si estuviera una en medio de otra.

• Y así que andaban, se movían por los cuatro lados; ni se volvían a otra parte mientras andaban, sino que hacia donde se dirigía aquella que estaba delante, seguían también las demás, sin mudar de rumbo.

• Y todo el cuerpo, espaldas, manos, alas y los cercos de las cuatro ruedas estaban en todo su rededor llenos de ojos.

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