Mito y misterio (en la Grecia antigua)

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“Los mitos y los misterios son dos medios complementarios utilizados por la divinidad para revelar la verdad a las almas religiosas”.
Este frase esclarecedora del helenista Luc Brisson, que apenas desarrolla, enuncia bien las dos maneras gracias a las cuales los seres humanos, en la Grecia antigua, entraban en contacto con las divinidades a fin de que éstas les libraran determinados conocimientos (acerca del pasado, el presente o el futuro, del cosmos o del ser humano).
Los mitos eran relatos sobre las andanzas de dioses y héroes (mythos significa, en la Grecia antigua, palabra contada: palabra que dice la verdad acerca de lo que aconteció cuando aquéllos organizaron el cosmos). Pertenecían a un tradición oral -aunque, gracias a Homero y Esquilo, principalmente, fueron algunos puestos por escrito.
Una parte de los mitos fueron escenificados: utilizados como “texto” en rituales. Un rito consistía en una puesta en escena de un relato mítico. Lo que se contaba era revivido, mostrado en un espacio dado. los ceremoniantes asumían los papeles de las figuras cuyas historias el mito narraba.
Es cierto que no todos los ritos tenían un soporte mítico, ni que todos los mitos fueron representados en rituales, pero cuando la escenificación de un mito se producía, lo que solía ser habitual, la historia se visualizaba. Es así como los seres humanos se acercaban a la divinidad: asumían su papel; lo vivían. Estas escenas rituales tenían lugar durante los sacrificios. Eran públicos; al menos todos los participantes lo contemplaban. Las escenas acontecían al aire libre, ante un altar, situado frente a la fachada de un templo, o en medio de un recinto sagrado. La narración podía dar pie a una procesión, que mostraba esta aproximación del hombre a la divinidad.

Por el contrario, los misterios acontecían en espacios cerrados. Un misterio consistía en la manifestación de la divinidad. Ésta se mostraba ante los fieles. Descendía del Olimpo. Los humanos no avanzaban hacia la divinidad sino que era ésta la que aceptaba materializarse para, con su sola presencia, iluminar a los fieles.
Los misterios tenían lugar fuera del ámbito urbano. No eran rituales cívicos. Los espacios eran cuevas, hondonadas o estancias oscuras -como el santuario de la diosa-madre Démeter en Eleusis. El fiel tenía que desplazarse hasta el ámbito de la revelación y aguardar.
Lo que acontecía era secreto. Un secreto tan bien guardado que, contrariamente a la escenificación de los mitos, bien documentada, no se sabe bien quien participaba, qué se utilizaba ni qué tenía lugar. La mostración era íntima o personal. El fiel salía del encuentro trasfigurado. Un misterio es, literalmente, un acontecimiento misterioso, secreto; indecible, incluso. No se divulga porque no se puede verbalizar. La divinidad deslumbra; deja sin palabra al fiel. Así como el mito es capaz de articular un relato, la aparición fulgurante es inenarrable. Los asistentes a los misterios se vuelven místicos. Guardan dentro de sí lo que han visto. Misterio (musterion) viene del verbo, en griego antiguo, muoo, que significa cerrarse. Los místicos son mudos, como silenciosas son las apariciones que imponen el silencio.
El mito recurre al verbo; el misterio a la luz. El mito es narrativo, imaginativo: describe, narra, explica la sucesión ordenada de acontecimientos. La palabra se acompaña del gesto. El mito se cuenta y se muestra, como en una representación teatral. Por el contrario, el misterio revela y esconde. Deja entrever y se cierra. Es un fulgor que produce el rapto extático del fiel.  Éste cierra los ojos para ver mejor, para entender lo que ha entrevisto.

Los misterios se descubren con los ojos del alma. Desatan la imaginación. No se sabe bien qué se ha visto, pero se intuye que la aparición es esencial, y que no está al alcance de todo el mundo. Un místico requiere una cierta preparación anímica, de modo a poder soportar la visión, y asumirla. Sólo así, ésta será enriquecedora y no cegadora.
Con el fin de la Grecia clásica, los misterios, hasta entonces, marginales -acontecían en los márgenes de las ciudades y la sociedad-, adquirieron una creciente importancia, suplantando poco a poco los rituales.

Sin embargo, el cristianismo fue una religión que aunó ambas revelaciones: la historia de la divinidad es escenificada plástica o espacialmente en la planta y el volumen del templo, en las imágenes y en los textos, pero este narración sensorial culmina con la comunión cuando la divinidad se muestra en el interior del alma humana, un hecho que ya se producía en la mayoría de los cultos mistéricos que implicaban la ingestión del cuerpo o la carne de la divinidad.

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